Cómo elegir una audioguía digital para tu museo: 10 preguntas que deberías hacer antes de decidir

15 de enero de 2026
Por MUVO
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Cómo elegir una audioguía digital para tu museo: 10 preguntas que deberías hacer antes de decidir

La decisión de renovar o implementar una audioguía no es una decisión tecnológica. Es una decisión estratégica.

Afecta a la experiencia de todos los visitantes que pasarán por tu museo durante los próximos años. Afecta al trabajo de tu equipo, que tendrá que convivir con el sistema elegido. Afecta al presupuesto, no solo en el momento de la contratación sino en el mantenimiento, las actualizaciones y los imprevistos que ningún proveedor menciona en la primera reunión.

El mercado de audioguías digitales ha cambiado mucho en los últimos cinco años. Hay más opciones, más promesas y más diferencias reales entre lo que ofrecen los distintos sistemas. Elegir bien requiere hacerse las preguntas correctas antes de que el proveedor empiece a presentar su demo.

Estas son las diez preguntas que un gestor de museo debería hacer —y exigir que le respondan con honestidad— antes de firmar nada.


1. ¿Quién controla el contenido y cómo se actualiza?

Esta es, probablemente, la pregunta más importante de todas y la que menos se hace.

Cuando contratas una audioguía, estás contratando una relación a largo plazo con el contenido de tu propia colección. Las obras se prestan, se restauran, se reinterpretan. Los textos necesitan correcciones. Llega una exposición temporal. Un investigador publica un hallazgo que cambia la atribución de una pieza.

¿Qué ocurre entonces? ¿Tienes que pedirle al proveedor que haga el cambio? ¿Cuánto tarda? ¿Tiene coste adicional? ¿Puedes hacerlo tú mismo en el momento en que lo necesitas?

Un sistema que no te da control autónomo sobre el contenido es un sistema que te hace dependiente de un tercero para hacer tu propio trabajo. Eso tiene un coste que no aparece en el contrato pero que se paga tarde o temprano, generalmente cuando más inconveniente resulta.

Exige ver la interfaz de gestión de contenidos antes de decidir. Pídele al proveedor que te enseñe cómo añadirías una obra nueva, cómo corregirías un texto, cómo actualizarías la información de una sala. Si no puede mostrártelo en diez minutos, probablemente no existe o no es tan sencillo como prometen.


2. ¿En cuántos idiomas está disponible y cómo funciona ese multilingüismo?

Los museos reciben visitantes internacionales. Esto no es una novedad, pero sus implicaciones para la audioguía siguen siendo infraestimadas.

La pregunta no es solo "¿en cuántos idiomas está disponible?". La pregunta es cómo funciona ese multilingüismo en la práctica.

Hay dos modelos muy distintos. El primero: el museo produce el contenido en cada idioma, o lo encarga a traductores, y el sistema simplemente lo reproduce. Más idiomas significa más trabajo y más coste para el museo. Actualizar el contenido significa actualizar todas las versiones. Un cambio en el texto español implica un cambio en las versiones en inglés, francés, alemán, italiano, y así sucesivamente.

El segundo modelo: el museo introduce el contenido una sola vez y el sistema lo hace disponible automáticamente en todos los idiomas soportados, con calidad equivalente. Un cambio en el original se propaga automáticamente. No hay trabajo adicional por idioma.

La diferencia entre ambos modelos es enorme en términos de carga de trabajo real para el equipo del museo. Asegúrate de entender exactamente cuál es el modelo que te están ofreciendo.


3. ¿Requiere hardware propio? ¿Qué pasa con la logística y el mantenimiento?

Durante años, la audioguía de museo fue sinónimo de un dispositivo físico: un aparato que el visitante recoge en la entrada, lleva durante la visita y devuelve al salir.

Este modelo tiene costes que no siempre se calculan bien: la compra o alquiler del hardware, el mantenimiento y la reparación de los dispositivos, la gestión del inventario, el personal dedicado a la entrega y recogida, la limpieza de los dispositivos entre usos, y la reposición cuando los aparatos se rompen o quedan obsoletos.

Además, los dispositivos físicos tienen una capacidad máxima. Si recibes más visitantes de los que tienes aparatos, parte de tus visitantes se queda sin audioguía.

Los sistemas que funcionan directamente desde el teléfono móvil del visitante —sin necesidad de ningún dispositivo adicional— eliminan todos estos costes operativos. Pero conviene verificar que la experiencia desde el móvil es genuinamente buena: que la interfaz está bien diseñada, que funciona en los modelos de teléfono más comunes, que no requiere instalar una aplicación nativa.

Pregunta también qué pasa con los visitantes que no tienen teléfono móvil o que prefieren no usarlo. Un buen proveedor tendrá una respuesta para ese caso, aunque sea minoritario.


4. ¿Cómo se adapta el contenido a distintos perfiles de visitante?

Tu museo recibe niños de ocho años y arqueólogos jubilados. Familias con bebés y grupos universitarios. Turistas que están de paso y residentes locales que vienen cada año.

Una audioguía que ofrece el mismo contenido a todos ellos está eligiendo a quién sirve bien y a quién sirve regular. No hay un punto medio que funcione para todos: el contenido suficientemente básico para el visitante sin conocimiento previo resulta condescendiente para el experto, y el contenido suficientemente riguroso para el experto resulta inaccesible para el novato.

Pregunta al proveedor cómo gestiona esta diversidad. Si la respuesta es "tenemos un nivel básico y un nivel avanzado", es una respuesta insuficiente. Si la respuesta es "el sistema adapta dinámicamente el contenido al perfil de cada visitante en tiempo real", pregunta cómo funciona esa adaptación exactamente y pide una demostración con perfiles distintos delante de la misma obra.

La adaptación por perfil no es un detalle de producto: es la diferencia entre una audioguía que sirve a todos tus visitantes y una que sirve a algunos.


5. ¿Puede el visitante hacer preguntas? ¿Cómo responde el sistema?

Una audioguía tradicional monologa. El visitante escucha lo que el sistema quiere decirle, en el orden en que el sistema quiere decirlo.

Pero la curiosidad no funciona así. El visitante que se detiene ante una escultura romana no quiere necesariamente escuchar los tres minutos grabados sobre esa pieza. Quiere saber por qué está rota la nariz. O qué está sosteniendo en la mano izquierda. O cómo llegó desde Roma hasta aquí.

Los sistemas más avanzados permiten al visitante hacer preguntas en lenguaje natural y recibir respuestas en tiempo real. Esto no es solo una mejora de comodidad: cambia fundamentalmente la naturaleza de la visita, que pasa de ser un recorrido guiado a ser una exploración dirigida por la propia curiosidad.

Si el sistema que estás evaluando ofrece esta funcionalidad, exige ver cómo funciona en la práctica. Haz preguntas que no estén en el guión previsto. Comprueba si el sistema responde con rigor o si improvisa cuando no tiene la respuesta clara.


6. ¿Qué datos te proporciona sobre el comportamiento de tus visitantes?

Los museos toman decisiones constantemente sobre su colección, su comunicación y su programación. Y con demasiada frecuencia esas decisiones se toman con poca información sobre lo que realmente interesa, confunde o emociona a los visitantes.

Una audioguía digital bien diseñada puede cambiar esto. Puede decirte qué obras generan más consultas, en qué salas se pasa más tiempo, en qué punto del recorrido los visitantes abandonan la guía, qué preguntas hacen más frecuentemente y en qué idiomas viene tu audiencia internacional.

Esta información tiene un valor directo para mejorar la experiencia del visitante, priorizar el trabajo de mediación y tomar mejores decisiones sobre la colección y la programación.

Pregunta qué datos recoge el sistema, con qué frecuencia son accesibles, y cómo se presentan. Un dashboard que requiere formación para interpretar es casi tan inútil como no tener datos. Lo que necesitas es información clara, accionable y accesible para el equipo que toma decisiones.


7. ¿Cómo garantiza el proveedor la veracidad del contenido?

Esta es la pregunta que más inquieta a los directores de museos cuando hablan de inteligencia artificial, y con razón.

Un sistema que genera contenido de forma automática tiene el riesgo teórico de generar contenido incorrecto. En un contexto cultural, donde el rigor es un valor institucional irrenunciable, esto no es un riesgo menor.

La respuesta que deberías escuchar es una respuesta concreta sobre cómo está diseñado el sistema para garantizar que nunca genera información que no esté validada por el propio museo. ¿Trabaja exclusivamente sobre el corpus de conocimiento que el museo ha introducido? ¿Puede acceder a fuentes externas que no has validado? ¿Qué ocurre cuando el visitante hace una pregunta para la que el sistema no tiene respuesta en la base de datos?

La diferencia entre un sistema que trabaja exclusivamente sobre el conocimiento validado por el museo y un sistema que puede "improvisar" cuando no tiene la respuesta es fundamental. Exige una respuesta clara a esta pregunta y no te conformes con una respuesta vaga sobre "algoritmos de control de calidad".


8. ¿Cómo es el proceso de implementación? ¿Cuánto trabajo implica para el equipo del museo?

Implementar una nueva audioguía tiene un coste que va más allá del precio de la suscripción: el tiempo y el esfuerzo que el equipo del museo tiene que invertir para poner el sistema en marcha.

¿Cuánto tiempo lleva cargar el contenido de la colección? ¿Quién lo hace, el museo o el proveedor? Si lo hace el proveedor, ¿cómo garantiza que el resultado es fiel al conocimiento del museo? Si lo hace el museo, ¿qué formación necesita el equipo y cuánto tiempo requiere?

¿Hay un proceso de revisión y validación antes de que la guía esté disponible para los visitantes? ¿Cuánto tiempo tarda ese proceso?

Un proveedor honesto tendrá respuestas concretas a estas preguntas. Desconfía de quienes prometen implementaciones "en cuestión de días" sin explicar qué implica ese proceso. Y desconfía también de quienes hacen recaer todo el trabajo de implementación sobre el equipo del museo sin el acompañamiento necesario.


9. ¿Qué pasa cuando algo falla?

Todo sistema digital falla en algún momento. La pregunta no es si va a ocurrir, sino qué ocurre cuando ocurre.

¿Hay soporte técnico disponible durante el horario de apertura del museo? ¿Cómo se gestiona una incidencia que afecta a la experiencia de los visitantes en tiempo real? ¿Hay un protocolo de respuesta con tiempos comprometidos?

Pregunta también por el historial de disponibilidad del sistema. Un proveedor con experiencia puede mostrarte datos de uptime. Uno sin experiencia real en entornos de producción no puede.

Y pregunta qué ocurre si el visitante no tiene cobertura de datos dentro del museo. Los museos en edificios históricos, en sótanos o en espacios con paredes muy gruesas pueden tener zonas con conectividad limitada. Saber cómo gestiona el sistema esa situación es información relevante antes de comprometerse.


10. ¿Cuál es el coste real, incluyendo lo que no aparece en el contrato?

El precio de una audioguía digital raramente es solo la cuota de suscripción.

Hay costes que a veces no están en la primera propuesta: la implementación inicial, la formación del equipo, las actualizaciones de contenido si no son autogestionadas, el soporte técnico por encima de un nivel básico, los costes de añadir idiomas adicionales si el modelo no los incluye, la migración de contenido si en algún momento decides cambiar de proveedor.

Pide un desglose completo de todos los costes asociados durante los primeros tres años. No solo el año uno. Y pregunta explícitamente qué está incluido y qué tiene coste adicional.

También vale la pena calcular los costes que el nuevo sistema elimina: el hardware que ya no necesitas comprar ni mantener, el personal que ya no necesitas para la gestión de dispositivos, las traducciones que ya no tendrás que encargar, el tiempo del equipo que se libera al poder gestionar el contenido de forma autónoma.

El coste real de un sistema de audioguías no es lo que pagas por él. Es la diferencia entre lo que pagas y lo que dejas de pagar en otras partidas.


Antes de la próxima reunión con un proveedor

Estas diez preguntas no son un cuestionario para intimidar a los proveedores. Son una forma de estructurar una conversación que, si se hace bien, es igualmente útil para el museo y para el proveedor que tiene algo genuinamente bueno que ofrecer.

Un proveedor con un producto sólido responderá estas preguntas con detalle y sin evasivas. Uno que no pueda responderlas con claridad te está diciendo algo importante sobre lo que realmente estás comprando.

La decisión final no es tecnológica. Es sobre qué tipo de experiencia quieres que tengan los visitantes de tu museo en los próximos años, y qué herramientas necesitas para hacerla posible.


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