Lo que descubrí en el Louvre de Abu Dhabi que debería cambiar cómo pensamos los museos

26 de enero de 2026
Por Miquel Gomis
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Lo que descubrí en el Louvre de Abu Dhabi que debería cambiar cómo pensamos los museos

Ayer estuve en el Louvre de Abu Dhabi.

No fui con grandes expectativas. Conocía el edificio de fotos —esa cúpula perforada que filtra la luz del Golfo Pérsico como si fuera lluvia de estrellas—, pero no había pensado demasiado en lo que habría dentro. Entré sin agenda, sin audioguía, sin el modo de visita profesional que a veces me cuesta dejar en la puerta.

Y en algún punto del recorrido, sin que pueda precisar exactamente cuándo, me detuve.


La idea que no esperaba encontrar

El Louvre Abu Dhabi está organizado de una forma que no tiene equivalente en casi ningún otro museo del mundo. En lugar de ordenar su colección por civilizaciones o por períodos históricos —los griegos aquí, los egipcios allá, los europeos en el ala de la derecha—, la organiza por preguntas.

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Cómo recordamos a los muertos? ¿Cómo imaginamos lo sagrado? ¿Cómo queremos dejar huella?

Y para responder cada una de esas preguntas, pone en diálogo objetos de culturas, épocas y geografías radicalmente distintas. Una escultura budista del siglo II junto a una figura cristiana del siglo XII junto a una representación islámica del mismo período. No como curiosidad comparativa. Como argumento.

El argumento es este: aunque las formas sean distintas, las preguntas son las mismas. Siempre. En todas partes. Desde que el ser humano es ser humano.

Eso parece una afirmación simple. Casi obvia. Pero cuando lo ves materializado en una sala, con objetos reales de culturas que raramente se miran de frente, tiene una fuerza que ningún texto puede reproducir del todo.


Las preguntas que no cambian

Me quedé parado bastante tiempo ante una vitrina donde convivían un amuleto funerario egipcio de hace cuatro mil años, un objeto de culto precolombino y una pieza de orfebrería medieval europea. Tres culturas que nunca se conocieron. Tres objetos que nunca estuvieron en el mismo lugar. Y sin embargo, los tres respondían a la misma pregunta: ¿qué hacemos con los que se van? ¿Cómo los recordamos? ¿Cómo les acompañamos en lo que viene después?

Esa pregunta tiene cuatro mil años. Sigue sin tener respuesta. Y sigue siendo exactamente igual de urgente hoy que entonces.

Lo mismo con otras salas. El calor del hogar, la protección de los hijos, el deseo de belleza, la necesidad de lo sagrado, el miedo a lo desconocido. No son temas culturales específicos. Son la condición humana, expresada de formas distintas en cada lugar y en cada época, pero reconocible en todas ellas si alguien te ayuda a verlo.

Y ahí está la clave: si alguien te ayuda a verlo.


Lo que separa el objeto del descubrimiento

Sin ese encuadre, esos mismos objetos podrían haber pasado ante mí como piezas de una colección más. Interesantes, bien conservadas, bien iluminadas. Pero mudas.

Con él, cada objeto se convertía en una respuesta a una pregunta que yo también me he hecho. Y eso cambia completamente la naturaleza de la visita. Dejas de ser un espectador de algo ajeno y empiezas a ser un interlocutor de algo que te pertenece, aunque haya sido creado a miles de kilómetros de donde naciste y miles de años antes de que nacieras.

Eso es, en el fondo, lo que puede hacer un museo cuando funciona como debería: no mostrarte lo diferente que fue el pasado, sino revelarte lo parecido que siempre hemos sido.

El problema es que ese salto —del objeto a la resonancia personal— no se produce solo. Necesita mediación. Necesita alguien, o algo, que tienda el puente entre lo que está en la vitrina y lo que el visitante lleva consigo.


Por qué este museo me importa más allá de la visita

Trabajo en esto. Llevo tiempo pensando en cómo hacer que los museos lleguen a más personas, en cómo eliminar las barreras que hacen que tanta gente sienta que el patrimonio cultural no es para ella.

Y lo que el Louvre Abu Dhabi me recordó ayer es que el problema nunca ha sido la colección. El problema nunca ha sido que el patrimonio sea difícil o inaccesible por naturaleza. El problema es la distancia percibida entre el visitante y lo que está viendo.

Esa distancia se cierra cuando alguien le dice al visitante: esto que estás mirando habla de algo que tú también conoces. Cuando la experiencia de visita no empieza por el objeto sino por la pregunta humana que ese objeto responde.

Un niño de ocho años puede entender perfectamente por qué alguien enterraba objetos con sus muertos si primero le preguntas qué haría él para que alguien a quien quiere no le olvide. Un turista que no sabe nada de arte precolombino puede conectar con una figura de fertilidad si primero le hablas de lo que significa querer dar lo mejor a los hijos, que es algo que trasciende cualquier cultura.

La universalidad no es un concepto abstracto. Es una palanca de mediación concreta. Y es, curiosamente, la que más raramente se usa.


Lo que siempre ha unido más que separado

Salí del Louvre Abu Dhabi con una convicción que no es nueva, pero que ayer se me volvió a instalar con más fuerza que en mucho tiempo.

A lo largo de la historia y del mundo, en la humanidad siempre han sido más las cosas que nos han unido que las que nos han separado. El arte lo demuestra mejor que cualquier argumento político o filosófico, porque lo demuestra con objetos reales, hechos por manos reales, para responder preguntas que siguen siendo exactamente las nuestras.

Los museos custodian esa evidencia. Tienen en sus colecciones la prueba más contundente que existe de que la condición humana trasciende las fronteras, los idiomas y los siglos.

El reto no es encontrar esa universalidad. Ya está ahí. El reto es encontrar la forma de que cada visitante, desde donde está y con lo que sabe, pueda verla.

Eso es, en el fondo, lo que me levanta cada mañana.

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