Museos de ciencias naturales: cómo explicar 4.500 millones de años a quien tiene doce

16 de febrero de 2026
Por MUVO
Compartir
Museos de ciencias naturales: cómo explicar 4.500 millones de años a quien tiene doce

Hay una sala en casi todos los museos de ciencias naturales que detiene a cualquier visitante, independientemente de su edad, su formación o sus intereses previos: la sala de dinosaurios.

Un esqueleto de tiranosaurio de ocho metros de altura no necesita mucha mediación para provocar asombro. El asombro llega solo, casi de forma involuntaria. Lo que sí necesita mediación es todo lo que viene después: qué fue ese animal exactamente, cuándo vivió, por qué desapareció, cómo sabemos lo que sabemos sobre él, qué relación tiene con los pájaros que hay fuera de la ventana.

Y ahí empieza el problema específico de los museos de ciencias naturales: el salto entre el impacto emocional inmediato y la comprensión real de lo que se está viendo es enorme. Y ese salto tiene que cruzarlo cada visitante desde un punto de partida completamente distinto.


El reto de las escalas que el cerebro no puede imaginar

Los museos de ciencias naturales trabajan habitualmente con escalas que el cerebro humano no está equipado para procesar de forma intuitiva.

Cuatro mil quinientos millones de años. El tamaño de una célula. La distancia entre galaxias. El número de especies que han existido en la Tierra. La profundidad de las fosas oceánicas.

Estos son números reales, verificables, científicamente precisos. Y también son, para la mayoría de las personas, números completamente abstractos. El cerebro puede leerlos, puede repetirlos, pero no puede experimentarlos. No tiene un marco de referencia que le permita sentir lo que significa que el Homo sapiens lleve 300.000 años en un planeta de 4.500 millones.

Esta es la primera y más fundamental dificultad de la mediación en ciencias naturales: no es una cuestión de vocabulario técnico ni de conocimiento previo. Es una cuestión de escala. Los fenómenos que el museo tiene que explicar operan en dimensiones para las que la intuición humana, simplemente, no fue diseñada.

Los mejores divulgadores científicos de la historia —Carl Sagan, David Attenborough, Richard Feynman— dedicaron gran parte de su trabajo precisamente a encontrar analogías, imágenes y comparaciones que tradujeran esas escalas a algo que el cerebro pueda asimilar. Si para comunicar que el Sol cabe un millón de veces dentro de sí mismo necesitas una naranja y un grano de arena, el formato de un cartel de museo tiene un problema estructural.


El visitante que viene con el grupo escolar

Los museos de ciencias naturales son, junto con los de historia, los más visitados por grupos escolares. Una proporción muy significativa de sus visitantes son niños y adolescentes que llegan en visita organizada, con ficha de trabajo, profesor al lado y cuarenta y cinco minutos para ver lo que en otro contexto requeriría tres horas.

Este visitante tiene características muy específicas que determinan cómo funciona la mediación con él.

Primero: la atención es corta y altamente selectiva. Lo que no engancha en los primeros treinta segundos no engancha. El cartel de texto denso no existe para un niño de diez años en una sala con un esqueleto de mamut al fondo.

Segundo: la pregunta genuina es el motor. Los niños hacen preguntas que los adultos ya no se atreven a hacer porque sienten que deberían saberlas. "¿Por qué los dinosaurios eran tan grandes?" "¿Qué comía?" "¿Le dolió morir?" Son preguntas que parecen simples y que en realidad abren discusiones científicas fascinantes sobre metabolismo, cadenas tróficas, eventos de extinción masiva y mucho más.

Tercero: el registro importa más que el contenido. Un niño de doce años puede entender perfectamente el concepto de selección natural si se le explica con las palabras adecuadas y los ejemplos correctos. El mismo concepto explicado con el vocabulario de un paper de biología evolutiva no llega. No porque el niño no sea capaz: porque nadie le ha tendido el puente.

El visitante escolar no es el visitante más fácil. Es el que más pone a prueba la capacidad de mediación de un museo, porque no puede fingir que entiende para quedar bien con el grupo.


El visitante adulto sin formación científica

En el extremo opuesto del escolar está el adulto que llega al museo de ciencias naturales por iniciativa propia, con curiosidad genuina pero sin formación científica específica.

Este visitante tiene una vulnerabilidad distinta a la del niño: la vergüenza de no saber. Ha llegado a la edad adulta sin haber entendido bien qué es exactamente la evolución, o cómo funciona la tectónica de placas, o por qué los fósiles se forman de la manera en que se forman. Y lleva esa laguna con cierta incomodidad, porque siente que a estas alturas debería saberlo.

El cartel que da por hecho ese conocimiento previo no solo no le ayuda: le confirma que hay una brecha entre él y el museo que no sabe cómo cruzar.

Este visitante no necesita que le traten como a un niño. Necesita que alguien le explique el concepto desde el principio, sin condescendencia, reconociendo que no haberlo aprendido antes no es una deficiencia sino simplemente una circunstancia. La diferencia entre los dos tonos —el condescendiente y el respetuoso— es enorme en términos de cómo el visitante recibe la información y si la retiene.


El especialista en una disciplina que no domina otra

Hay un tercer perfil que los museos de ciencias naturales reciben con más frecuencia de lo que parece: el experto en una disciplina que entra al territorio de otra.

Un geólogo que visita la sala de paleontología de vertebrados. Una bióloga marina que recorre la exposición de mineralogía. Un astrónomo que se detiene ante los fósiles del Cámbrico.

Este visitante tiene herramientas conceptuales que el novato no tiene, pero las tiene en otro campo. Puede entender la lógica de la clasificación taxonómica aunque no conozca las familias concretas. Puede apreciar la relevancia de un hallazgo aunque no maneje el vocabulario específico de esa disciplina.

Lo que necesita es una mediación que reconozca ese bagaje y construya sobre él, en lugar de empezar desde cero como si fuera un visitante sin conocimiento previo. Y eso es exactamente lo que ningún cartel puede hacer, porque el cartel no sabe quién es el visitante que lo está leyendo.


Por qué la divulgación científica tiene sus propias reglas

La divulgación científica no es simplificar la ciencia. Es encontrar la forma de hacer que un concepto complejo sea comprensible sin perder su esencia.

Esta distinción importa especialmente en el contexto de los museos de ciencias naturales, donde hay una tentación constante de sacrificar el rigor en favor de la espectacularidad. Reconstrucciones de dinosaurios con colores que nadie puede verificar. Afirmaciones sobre el origen de la vida que presentan hipótesis como certezas. Explicaciones de la evolución que, al simplificarse demasiado, acaban transmitiendo una idea incorrecta del proceso.

El rigor científico no es un obstáculo para la divulgación: es su condición de posibilidad. Un museo que transmite conceptos incorrectos para hacerlos más accesibles no está divulgando ciencia: está creando confusión que tardará años en deshacerse.

La clave está en encontrar el nivel de simplificación que mantiene la esencia del concepto sin distorsionarla. Y ese nivel es distinto para cada visitante.

Para un niño de diez años, la evolución puede explicarse como "los animales que mejor se adaptan a su entorno tienen más posibilidades de sobrevivir y de tener descendencia, y esa ventaja se transmite de generación en generación". Es una simplificación, pero no es una distorsión.

Para un adulto sin formación biológica, la misma explicación puede ampliarse con el mecanismo de la variación genética, el papel del azar en las mutaciones y la diferencia entre la selección natural y la selección artificial.

Para un biólogo de otra especialidad, puede hablarse directamente de los debates actuales sobre la velocidad de la evolución, el papel de la epigenética o las revisiones recientes a la teoría sintética moderna.

Tres niveles. Tres experiencias de visita distintas. La misma pieza delante.


Lo que cambia cuando la guía conoce al visitante

Una audioguía con inteligencia artificial no resuelve el problema de las escalas inimaginables. Ese es un problema de percepción humana que ninguna tecnología puede eliminar del todo. Lo que sí puede hacer es proporcionar, a cada visitante, las analogías y los marcos de referencia que mejor funcionan para su perfil.

Para el niño: "Si la historia de la Tierra fuera un año, los dinosaurios aparecerían el 24 de diciembre y los humanos llegarían a las 11 y media de la noche del día 31".

Para el adulto sin formación: una explicación del índice estratigráfico y cómo los geólogos calculan la edad de las rocas, con el rigor suficiente para que tenga sentido sin la densidad técnica que lo haría impenetrable.

Para el especialista: el debate actual sobre la cronología del Pérmico-Triásico y las implicaciones que tiene para la comprensión de las extinciones masivas.

El mismo fósil. El mismo museo. Tres conversaciones completamente distintas, cada una construida para quien la recibe.

El multilingüismo añade otra capa de complejidad especialmente relevante en los museos de ciencias naturales: la terminología científica tiene reglas propias en cada idioma, y una traducción automática de baja calidad puede generar confusión en conceptos donde la precisión es especialmente importante. Un sistema que genera el contenido directamente en el idioma del visitante, con el registro científico apropiado, resuelve un problema que los sistemas de traducción convencionales gestionan con dificultad.


Los datos que la ciencia puede usar

Los museos de ciencias naturales tienen algo que otros tipos de museos rara vez tienen: una audiencia que hace preguntas en voz alta con una frecuencia y una especificidad extraordinarias.

"¿Por qué este fósil tiene esa forma y no otra?" "¿Cuánto pesaba?" "¿Cómo lo encontraron?" "¿Hay más como este?"

Cada una de esas preguntas es un dato. Un dato sobre qué aspectos de la colección generan más curiosidad, qué conceptos resultan más difíciles de entender, qué piezas necesitan más contexto explicativo y cuáles hablan por sí solas.

Un sistema que registra qué preguntas hacen los visitantes en cada sala y ante cada pieza proporciona al museo una inteligencia sobre su audiencia que no existía antes. No para reemplazar el criterio de los conservadores y los educadores, sino para informarlo con más precisión de la que permite la observación directa o las encuestas de salida.

Saber que la pregunta más frecuente ante el esqueleto de megalodon no es sobre su tamaño sino sobre por qué se extinguió dice algo sobre dónde hay que poner el foco de la mediación. Saber que los visitantes de entre treinta y cuarenta años pasan más tiempo en la sala de evolución humana que en la de paleontología de invertebrados dice algo sobre qué temas conectan con qué audiencias.

Esa información existe. El reto es tener las herramientas para recogerla y usarla.


El museo de ciencias naturales como espacio de preguntas abiertas

Hay algo que los museos de ciencias naturales pueden ofrecer que muy pocos otros espacios pueden: la experiencia de estar en un lugar donde las preguntas más grandes todavía no tienen respuesta.

¿Cómo surgió la vida? ¿Hay vida en otros planetas? ¿Qué extinguirá a los humanos? ¿Cuántas especies no hemos descubierto todavía?

Un museo de historia del arte trabaja con objetos cuyo significado, aunque discutible, tiene un contexto humano comprensible. Un museo de ciencias naturales trabaja con objetos que apuntan hacia preguntas que la propia ciencia todavía está tratando de responder.

Eso es, potencialmente, lo más fascinante que puede ofrecer. Y es también lo que más raramente se transmite bien en las visitas convencionales, donde el formato tiende a presentar el conocimiento como algo establecido y cerrado en lugar de como algo vivo, en construcción permanente.

Un visitante que sale de un museo de ciencias naturales con más preguntas de las que tenía al entrar no ha tenido una mala visita. Ha tenido exactamente la visita que ese museo debería provocar.


¿Gestionas un museo de ciencias naturales o un espacio de divulgación científica y quieres explorar cómo mejorar la experiencia de tus visitantes? Escríbenos a hola@muvo.es

¿Listo para descubrir Muvo?

Estamos aquí para ayudarte. Escríbenos y descubre cómo podemos transformar la experiencia de tu museo con inteligencia artificial.

Lunes a Viernes, 9:00 - 18:00 (CET, hora de Madrid, España)