La misión de un museo en 2026: conservar, educar, entretener… ¿o todo a la vez?

13 de febrero de 2026
Por MUVO
Compartir
La misión de un museo en 2026: conservar, educar, entretener… ¿o todo a la vez?

Hay una conversación que se repite en los pasillos de casi cualquier congreso de profesionales de museos. Cambian los participantes, cambia el país, cambia el tipo de institución. Pero el fondo es siempre el mismo: ¿qué se supone que debe hacer un museo hoy?

La pregunta parece sencilla. Tiene una respuesta oficial que cualquier director de museo puede recitar: conservar el patrimonio, investigarlo, documentarlo, difundirlo y ponerlo al alcance del público. Es la definición que lleva décadas en los estatutos del ICOM y en las memorias anuales de instituciones de todo el mundo.

Pero en la práctica, esa respuesta oficial convive con tensiones que no aparecen en ningún estatuto. Tensiones reales, cotidianas, que los profesionales de museos gestionan cada día sin que nadie les haya dado un manual para hacerlo.


La contradicción que nadie nombra del todo

Un museo del siglo XXI opera simultáneamente en al menos tres lógicas distintas, y las tres tiran en direcciones que no siempre son compatibles.

La primera es la lógica del patrimonio. El museo existe porque hay algo que merece ser preservado para las generaciones futuras. Eso implica rigor científico, criterios de conservación exigentes, investigación de largo plazo y un respeto profundo por la integridad de los objetos y los contextos que custodian. Es una lógica que mira hacia atrás —hacia lo que fue— y hacia adelante —hacia lo que será— más que hacia el presente inmediato.

La segunda es la lógica educativa. El museo no custodia el patrimonio para que se quede en los almacenes. Lo custodia para que las personas puedan conocerlo, comprenderlo y relacionarse con él. Eso implica mediación, accesibilidad, adaptación de los discursos a audiencias diversas y una preocupación activa por quién entra al museo y quién se queda fuera.

La tercera es la lógica de la sostenibilidad. Un museo necesita recursos para funcionar. Los recursos vienen, en parte, de las administraciones públicas o de los patronatos privados, pero también, cada vez más, de los propios visitantes: la entrada, la tienda, el restaurante, los eventos, las exposiciones temporales con capacidad de generar taquilla. Eso implica pensar en la experiencia del visitante no solo como un fin educativo sino también como un producto que tiene que resultar atractivo en un mercado de ocio cada vez más competitivo.

Estas tres lógicas no son incompatibles en abstracto. Pero en la práctica, cuando hay que tomar decisiones concretas —qué exposición montar, cómo presentar una colección, cuánto espacio dedicar a la tienda y cuánto a las salas—, las tensiones emergen con fuerza.


El museo que no entretiene pierde relevancia

Durante mucho tiempo, la palabra "entretenimiento" fue casi un insulto en los círculos museísticos. Asociarla a un museo serio implicaba una concesión inaceptable a la superficialidad, una renuncia al rigor en favor del espectáculo.

Esa resistencia tenía una lógica. Los museos habían construido su autoridad precisamente sobre la distinción entre el conocimiento riguroso y la cultura de masas. Ceder terreno en esa distinción parecía ceder terreno en la autoridad misma.

Pero la resistencia al entretenimiento ha tenido un coste que ya no puede ignorarse: una parte importante de la sociedad siente que los museos no son para ella. No porque no le interese la historia, el arte o la ciencia. Sino porque la experiencia de visita no ha evolucionado al ritmo al que ha evolucionado todo lo demás.

La persona que sale de casa un sábado por la mañana tiene delante una oferta de experiencias que compiten por su tiempo y su atención. El cine, el parque, la serie en el sofá, el partido, el restaurante nuevo. Ninguna de esas alternativas le exige nada. Todas le ofrecen algo de forma activa, adaptada a lo que le gusta, sin pedirle que traiga conocimiento previo para disfrutarlas.

El museo que ignora esta realidad no está siendo más riguroso. Está siendo menos relevante.


El museo que solo entretiene pierde su razón de ser

Al mismo tiempo, la solución no es convertir los museos en parques temáticos con obras de arte de fondo.

Hay una corriente, especialmente visible en algunas exposiciones de arte contemporáneo y en ciertos museos de nueva creación, que prioriza el impacto visual, la espectacularidad de los espacios y la generación de contenido para redes sociales sobre la profundidad del discurso. Exposiciones diseñadas para ser fotografiadas más que para ser comprendidas. Recorridos que priorizan el asombro sobre el aprendizaje. Contenidos que simplifican hasta el punto de vaciarse de significado.

Este camino también tiene un coste. El visitante que busca profundidad no la encuentra y no vuelve. El museo pierde la capacidad de ser un espacio donde ocurre algo que no puede ocurrir en ningún otro lugar: el encuentro directo, sin mediación comercial, con el patrimonio que define quiénes somos y de dónde venimos.

Hay museos que han recorrido ese camino y han pagado el precio en términos de credibilidad. La taquilla puede subir a corto plazo; la reputación institucional es más difícil de recuperar.


La falsa dicotomía

El problema de fondo es que el debate suele plantearse como una dicotomía: o rigor o entretenimiento, o profundidad o accesibilidad, o patrimonio o experiencia.

Pero esa dicotomía es falsa. No en el sentido de que sea fácil de resolver, sino en el sentido de que parte de una premisa incorrecta: que el rigor y la accesibilidad son incompatibles.

No lo son.

Un museo puede ser profundamente riguroso en su gestión del patrimonio, en su investigación, en la validación de sus contenidos, y al mismo tiempo construir experiencias de visita que resulten genuinamente atractivas, comprensibles y memorables para personas con perfiles y bagajes muy distintos.

Lo que requiere no es elegir entre los dos polos. Requiere algo más difícil: entender que la accesibilidad no es una concesión al rigor sino una forma de honrarlo. Que explicar bien algo complejo no es simplificarlo: es dominarlo tanto que puedes encontrar el camino que lleva a cada persona desde donde está hasta donde puede llegar.

Los mejores museos del mundo no son los que tienen las mejores colecciones. Son los que han resuelto, mejor que otros, cómo hacer que esas colecciones digan algo a cualquier persona que entre por la puerta.


Lo que ha cambiado en los últimos diez años

Esta conversación no es nueva. Los museos llevan décadas debatiendo sobre accesibilidad, mediación y relevancia pública. Pero algo ha cambiado en los últimos diez años que le da una urgencia nueva.

La brecha de expectativas se ha ensanchado.

Las personas que visitan museos hoy han crecido en un entorno donde la personalización es la norma. Spotify les conoce mejor que muchos amigos. Netflix les recomienda lo que van a querer ver antes de que ellas mismas lo sepan. Google Maps les da la ruta exacta para llegar donde quieren ir, en tiempo real, adaptada al tráfico de ese momento. Las aplicaciones de aprendizaje de idiomas adaptan el ritmo y el contenido a su nivel sin que tengan que pedirlo.

Estas personas llegan al museo y encuentran un cartel que dice lo mismo a todo el mundo. Una audioguía que tiene un único recorrido, grabado para un visitante genérico que en realidad no existe. Una experiencia que no sabe quiénes son, qué saben, qué les interesa ni qué idioma prefieren.

La brecha entre lo que esperan de cualquier experiencia y lo que el museo les ofrece se ha convertido en un problema estructural que no va a resolverse solo.


La misión no ha cambiado. El contexto, sí.

Todo esto no significa que los museos hayan fallado en su misión. Significa que el contexto en el que tienen que cumplirla ha cambiado más rápido de lo que las instituciones han podido adaptarse.

Conservar el patrimonio, investigarlo, documentarlo y difundirlo sigue siendo la razón de ser de un museo. Eso no está en cuestión. Lo que está en cuestión es cómo se cumple la parte de la difusión en un mundo donde las expectativas de la audiencia son radicalmente distintas a las de hace veinte años.

La buena noticia es que nunca ha habido más herramientas disponibles para resolver esa parte del problema. Herramientas que permiten adaptar el discurso del museo a cada visitante sin que el equipo tenga que multiplicar su trabajo. Que hacen accesible el contenido en cualquier idioma sin el coste de producción que eso implicaba hasta hace poco. Que permiten al visitante explorar siguiendo su propia curiosidad en lugar de un recorrido predeterminado.

El museo que use bien esas herramientas no va a dejar de ser riguroso. Va a ser riguroso y relevante. Va a conservar su patrimonio y conseguir que ese patrimonio diga algo a más personas. Va a educar sin intimidar e invitar sin banalizar.

Eso no es una contradicción. Es, simplemente, lo que los museos del siglo XXI tienen que aprender a hacer.


Una pregunta para el sector

La pregunta con la que empezábamos —¿qué se supone que debe hacer un museo hoy?— no tiene una respuesta única. Ni debería tenerla. Cada museo opera en un contexto distinto, con una colección distinta, con una audiencia distinta y con recursos distintos.

Pero hay una pregunta que sí puede hacerse cualquier institución, independientemente de su tamaño o su tipología:

¿Cuántas de las personas que pasaron por aquí el mes pasado salieron sintiendo que habían aprendido algo? ¿Que habían conectado con algo? ¿Que querrían volver?

Si la respuesta es satisfactoria, el museo está cumpliendo su misión. Si no lo es, la conversación sobre qué hacer al respecto vale la pena tenerla, por incómoda que resulte.

Los museos importan. Importan porque custodian algo que no puede recuperarse si se pierde, y porque son de los pocos espacios que quedan donde el conocimiento no está al servicio de ningún algoritmo comercial. Esa es una razón poderosa para tomarse en serio la pregunta de cómo llegar con ese conocimiento a más personas.

No para que el museo sea más popular. Para que cumpla mejor lo que siempre ha sido su razón de existir.


¿Cómo equilibra tu institución estas tensiones? Nos interesa la conversación.

¿Listo para descubrir Muvo?

Estamos aquí para ayudarte. Escríbenos y descubre cómo podemos transformar la experiencia de tu museo con inteligencia artificial.

Lunes a Viernes, 9:00 - 18:00 (CET, hora de Madrid, España)